Odontopediatría Actual 45

El universo del paciente infantil está gobernado por la inmediatez de sus sentidos. Para un niño(a), el presente lo es todo; su emocionalidad y sensorialidad están a flor de piel y amplifica cualquier estímulo externo, aunque, hay una triste paradoja en su neurodesarrollo: mientras que un momento de alegría puede ser efímero, una mala experiencia marcada por el dolor, la incomodidad y el miedo tiene la capacidad de fijarse en su memoria a largo plazo y sellar su actitud hacia la atención dental “para siempre”. Actualmente, hay una amplia variedad de técnicas para el manejo de la conducta. Estrategias como decir-mostrar-hacer o el refuerzo positivo logran poner bajo control muchas situaciones de ansiedad. No obstante, hay que reconocer un hecho ineludible: no todas las reacciones negativas de los pequeños son fallas de conducta; muchas tienen su origen en una experiencia real de dolor. El ejemplo más común es la inyección de la anestesia, sumada a una variedad de herramientas ruidosas y procedimientos invasivos. Como adultos, estas intervenciones aún nos provocan incomodidad o dolor, pero nos resultan soportables porque nuestro umbral se ha “endurecido” a través del raciocinio y la experiencia; en el niño(a), ese umbral no existe; el dolor es una amenaza cruda que lo hace sufrir. Entonces, ¿cómo gestionar esta realidad sin causar un quiebre emocional? La respuesta no es mentirle diciéndole que ‘no le va a doler’ o que ‘le va a doler “poquito”, porque engañar o subestimar su grado de dolor destruye la confianza de forma definitiva. El secreto quizá radique en la predictibilidad y el acompañamiento adaptativo mediante la validación sensorial al reconocer su sensibilidad, advertirle lo que sentirá (empujón, pellizco, piquete, etc.) y darle control mediante señales, como levantar la mano para detenerse y hacerle caso, esto le hará saber que la “molestia” pasará, con lo que disminuirá su ansiedad. El dolor es una respuesta biológica; el sufrimiento es una construcción emocional. Si el niño(a) comprende que el estímulo es breve, que está bajo un entorno seguro y que el dentista valida su llanto sin juzgarlo ni reprimirlo, el dolor se volverá soportable y, sobre todo, procesable.

Empezamos este viaje con la colaboración de la Universidad “Hipócrates” (Edo. de Guerrero) con Caninos superiores retenidos de segunda dentición, un caso clínico en el que se reporta que el uso de los microimplantes como apoyo para la técnica de tracción acorta los tratamientos. En seguida tenemos Estudio comparativo de las técnicas manual y rotatoria para el tratamiento de pulpectomía en órganos dentarios temporales, de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, del cual se desprende que la técnica rotatoria ofrece disminución del tiempo, una obturación óptima y parámetros estables de la frecuencia cardíaca. Un alto índice de biopelícula puede provocar el aumento de riesgo a caries dental y con ello el incremento de los defectos y patologías en el esmalte dañado por HIM, como lo plantea la Universidad de Ciencias y Administración en el artículo Alteraciones en la HIM causadas por un índice alto de biofilm en pacientes pediátricos. La Facultad de Odontología, Universidad Nacional Autónoma de México presenta un caso clínico donde se evidencia que la combinación de expansores maxilares con máscara facial favorece la protracción del maxilar, en Manejo interceptivo de la maloclusión clase III en dentición mixta e hipomineralización incisivo molar. La mordida profunda es una maloclusión frecuente en niños que puede tener consecuencias de ahí la importancia del trabajo del Instituto Odontológico de Especialidades de Tijuana, para determinar la Prevalencia de mordida profunda en escolares de 6 a 12 años en Tijuana, Baja California, artículo con el que se cierra esta revista. A las técnicas de manejo de conducta vigentes, se le deben sumar urgentemente una dosis profunda de neurobiología del dolor infantil. Solo así se logrará que el pequeño(a) atraviese el tratamiento necesario con la experiencia del dolor físico inevitable como un evento transitorio y no como un daño emocional permanente que lo convierta en un “niño(a) problema” lleno de angustia cada vez que va al dentista.

Malinalli Galván Rodríguez

Editor

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